martes, 9 de junio de 2015

La gran mentira de los antivacunas





Hoy os acercamos el artículo de rmedica.es



Los movimientos antivacunas viven ajenos a las estadísticas. Rechazan la evidencia científica, que en pleno siglo XXI sería como mantener que la tierra es plana, y defienden un supuesto “derecho a decidir” sobre la vacunación de sus hijos, eso sí, beneficiándose en silencio del ‘efecto rebaño’ del resto de niños inoculados. Son pocos, pero se creen fuertes. Ir a la contra está siempre de moda. Y hacen daño, mucho daño, según la inmensa mayoría de los expertos, a la sanidad. Bienvenidos a la república independiente de la gran mentira de los antivacunas.
El regreso de la difteria tres décadas después del último caso en España ha destapado uno de los movimientos que más fuerza han cobrado recientemente. Hace una década, era impensable que los contrarios a las vacunas iban a tener la representación que hoy poseen, que, para ser exactos, no es elevada, pero sí tenaz. Sin embargo, ahí están. Vendiendo sus teorías y propugnando un “derecho a decidir” (sí, así lo denominan) sobre la vacunación.

Se trata de un movimiento exportado de otros países donde el frente a las vacunas es ciertamente más notable, especialmente en Estados Unidos y Reino Unido. Y cuenta con el respaldo no solo de particulares que defienden su opinión en base a creencias religiosas o filosofías mal llamadas naturalistas, sino también de médicos y otros sanitarios que exponen sus propios datos frente a los de instituciones internacionales, como la Organización Mundial de la Salud (OMS). De hecho, son capaces de rebatir estadísticas, como la de la propia organización que preside Margaret Chan, que afirma que cada año la inmunización evita el fallecimiento de hasta tres millones de personas, que sería como despoblar la mitad de la Comunidad de Madrid en solo 12 meses.

“Todavía hay quienes pueden defender que los elefantes vuelan, pero no por mucho que lo digan va a ser nunca verdad”. Lo dice José María Bayas Rodríguez, uno de los epidemiólogos de mayor prestigio del país, a propósito del papel que tienen los movimientos antivacunas en España. “Son personajes que jalean y se inventan teorías de conspiración, lo mezclan todo”, añade el responsable del Centro de Vacunación de Adultos Servicio de Medicina Preventiva y Epidemiología Hospital Clínic de Barcelona y expresidente de la Asociación Española de Vacunología (AEV).

Precisamente, el escepticismo sobre el que versan sus posturas choca de manera frontal con las cifras que arrojan los estudios científicos. La OMS pone datos a uno de los grandes logros de la extensión de la inmunización, el del sarampión: La mortalidad mundial por sarampión se ha reducido en un 74 por ciento: de las 535.000 defunciones en 2000 a las 139.300 de 2010 “gracias a la intensificación de las campañas de vacunación”, según afirma la propia organización. “El ejemplo del sarampión es clarísimo. Son datos que no se pueden rebatir”, reconoce Bayas Rodríguez.

Un auge motivado por el propio éxito de las vacunas

Paradójicamente, la presencia de los antivacunas se puede achacar, en parte, al propio éxito de las vacunas. Así lo creen los epidemiólogos, puesto que al conseguirse la reducción de la incidencia de algunas enfermedades, se convierten en invisibles. “Pero hay que recordar que no se debe bajar la guardia simplemente porque no se vean, que es gracias a la vacunas”, explica el máximo responsable de la AEV, Amós García Rojas.

Los datos objetivos en cuanto a la cobertura vacunal en España son muy elevados. Ronda el 95 por ciento en el caso de las primovacunación. “Esto demuestra que los antivacunas no tienen un peso específico en nuestro país”, en opinión de Begoña Domínguez, presidenta de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (Aepap). Cierto es que el porcentaje de niños no vacunados es muy pequeño, pero si lo que se miran son las tendencias, hay un descenso ligero. El record de vacunación contra la poliomielitis se alcanzó en 2003, con un 98,5 por ciento; en 2013, el último dato, el dato estaba 2,3 puntos por debajo. Y 2 puntos menos se registraron en este mismo intervalo en el caso de la vacuna de la difteria-tétanos-tos ferina, precisamente la profilaxis que hubiera salvado al niño de Olot (Gerona) de padecer la difteria que, al cierre de esta edición, lo mantiene ingresado en estado grave en el hospital.

“Ha sido toda una sorpresa. Nadie se imaginaba, ni en el peor de los casos, que hoy en día íbamos a ver, de nuevo, un caso de difteria. Y esto es lo que nos debería hacer reflexionar”, expresa García Rojas.

Los padres no están obligados a vacunar

Pese a contar con uno de los calendarios vacunales más completos del mundo, en España no hay obligatoriedad de poner a los niños las inoculaciones aprobadas por el Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud o por las diferentes comunidades autónomas. Los expertos consultados por ‘Revista Médica’ coinciden en que podría haber una excepción, amparada legalmente, en el caso de que haya riesgos para la salud pública, es decir, como podría ser que se declaren brotes epidemiológicos. Y pese a que este no es el caso, cierto es que el debate de la obligación se ha reabierto.

La Generalitat de Cataluña ha lanzado el guante: su consejero de Salud, Boi Ruiz, ha afirmado públicamente ser partidario de que la vacunación sea obligatoria. Y aunque los principales partidos políticos han mostrado una cierta cautela, habitual en estos casos para evitar la tan criticada legislación en caliente, la polémica ha crecido hasta el punto de medios de comunicación nacionales (El Mundo y Onda Cero) se han pronunciado para reclamar dicha exigencia, en línea con la petición de numerosas sociedades científicas y colectivos profesionales.

En Estados Unidos, donde el movimiento antivacunas es más férreo, se ha llegado a exigir algunas vacunas para acceder a determinados estudios. Los pediatras reconocen que cuando se les plantean estas dudas en la consulta, no tienen más remedio que informar. Australia ha dado otro paso más que importante en este asunto: a partir de 2016, quitará prestaciones sociales a las familias que no vacunen a sus hijos.

Discurso peligroso contra la vacunación

El ministro de Sanidad, Alfonso Alonso, ha hecho una alerta en torno a estos movimientos: “Empieza a haber un discurso peligroso contra la vacunación”, ha dicho, al tiempo que ha añadido que sus tesis no se apoyan en evidencias científicas. “Es irresponsable no vacunar”, ha zanjado el máximo responsable de la sanidad española.

“Porque aquí hay un grave problema. Esta gente dice que no van a vacunar a sus hijos, que las vacunas causan más problemas que soluciones, algo que es incierto. Pero, con todo, ¿cuáles son las alternativas que plantean ellos? ¿Dejar de vacunar y que tengamos más prevalencia de enfermedades mortales?”, cuestiona Amós García Rojas.



Los argumentos de Alonso y de García Rojas en cuanto al daño que provocan los contrarios a estos avances sanitarios chocan frontalmente con los de los propios aludidos. Que se consideran tan aludidos como que lanzan comunicados al respecto. Véase el caso de la Liga por la Libertad de Vacunación (LLV), que acaba de emitir un comunicado para dar “ánimos” a la familia del niño que ha contraído difteria en Olot. Acto seguido, la organización quita el mérito a las vacunas en la lucha contra esta patología y, para ellos, “las estadísticas muestran que la epidemia de difteria había ya remitido sin la vacuna”.

¿Qué estadísticas? La LLV no lo indica, ni tampoco ha respondido a la solicitud de contacto hecha por esta revista. Entonces, y sin datos sobre la mesa, ¿qué aducen como razón para que descienda la difteria? Esto es lo que afirman: “Las condiciones de vida a lo largo del siglo XX y XXI hicieron posible este cambio en la mortalidad y morbilidad de la difteria”. Sin datos científicos, esta aseveración solo puede enmarcarse en el reino de la opinión. Más tarde, el comunicado habla de la composición de la inoculación (“además de difteria están presentes otras vacunas y componentes tóxicos de alta capacidad lesiva para el organismo vacunado”) y cita efectos adversos: “se contempla la muerte postvacunal (una muerte por cada 2.000.000 dosis administradas)”.

Sobre este dato de mortalidad, la LLV no cita fuentes, y por lo tanto tampoco habla de las cifras con las que trabaja la OMS, que son meridianamente claras: “Antes de la década de 1980, en que el toxoide diftérico llegó a ser fácilmente accesible, se producían cada año en los países en desarrollo alrededor de un millón de casos de difteria, con entre 50.000 y 60.000 fallecimientos anuales”. Incluso dando por buenos los datos la LLV, la diferencia con los datos empíricos de la OMS son más que evidentes.

Colectivo en auge gracias a "información manipulada"

“Lo peor de todo es que el movimiento antivacunas ha aumentado en los últimos años, tanto en España como en otros países desarrollados”, indica Bayas Rodríguez. “Es un fenómeno propio de los países ricos. En los pobres, una vacuna es un tesoro”, añade, para cargar después contra las “herramientas” empleadas por estos grupos: “Dan información manipulada y hay que acabar con esto. La Administración no puede permitir esto, han de desenmascararlos y perseguir a los que se inventan cosas contra las vacunas”.

“Una cosa es que no le gusten, que crean que rechazar las vacunas les hace mejores o que crean que ir contra ellas es ser más naturales. Pero lo natural es aprovecharse del conocimiento científico. Y aquí no vale la opinión. En una balanza, si en un lado está la ciencia y en el otro la opinión, no puede haber equilibrio. Todo el peso recae en la ciencia”, esgrime Amós García Rojas.

La Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (Sepeap) critica, oficialmente, que los colectivos que promueven la no vacunación “se están aprovechando del alto nivel de cobertura”. “Un aumento del colectivo contrario a la vacunación supondría empezar a ver con más frecuencia casos como el de Olot en niños no vacunados por una actitud irresponsable de los padres”, añade la organización presidida por Venancio Martínez. Es decir, la protección del 5 por ciento que no se vacuna está cubierta por el denominado ‘efecto rebaño’ cuya efectividad se perdería en caso de que la vacunación descienda.

En sanidad, la ciencia basada en hechos empíricos es sagrada, máxime cuando lo que hay detrás de los números son personas con nombres y apellidos. Por tanto, rechazar las vacunas por creencias o información falsa es menospreciar el derecho a vivir más y mejor, que es lo que, al fin y al cabo, persigue el ser humano cada día.

Via: www.rmedica.es

1 comentario:

  1. ¿No hombre! Como vamos a coartar la "libertad" de unos descerebrados padres para poner en peligro la vida de su vástago. Después ya se encargarán los sufridos médicos de intentar salvar la vida del inocente niño y si es necesario, como parece que va a ocurrir con la pobre criatura de Olot con los pulmones, los riñones y el corazón destrozados, pues ya se verá si aguanta un trasplante o directamente se muere. Pero eso sí ¡nada de vacunaciones obligatorias! que van contra el sacrosanto principio de que un imbécil, por el mero hecho de haber parido a un niño, ya se cree que sabe más de epidemiología, fisiología, medicina, virología e inmunología que los millones de científicos y médicos que se dejan la piel para inventar y perfeccionar las vacunas. http://diario-de-un-ateo.blogspot.com/2015/06/infancia-y-antivacunas-una-explosiva.html

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